Fotografías del lago de Chapala (2023)

JoserraOrtiz

There are no bad pictures;

that’s just how your face looks sometimes.

-Abraham Lincoln

Lo digo de una vez: nuestro viajefue exitoso, pero no nos quedan muchas cosas. Docenas de cajas de zapatosllenas de fotografías tomadas con una Polaroid Swinger que consiguió Julie nosé dónde. Algunas figurillas y otras artesanías compradas en todos los mercadosde nuestra ruta mexicana. El recuerdo de una infección en mi oído derecho,causada por una mosca imbécil que se atoró en mi tímpano una de las últimastardes. Y otras cosas así, sin importancia. Nada relevante.

Ah, sí,la tesis. También nos queda la tesis.

[Primerrollo]

Cuando estaba intentandoexplicarme el quebrantamiento del mundo, lo diametralmente distintos que somosde aquellos hombres y mujeres que iniciaron el siglo XX, cogimos rumbo del lagode Chapala en aquella Suburban desvencijada que Julie había comprado con dinerodel Centro de estudios latinoamericanos de nuestra universidad. Me habíanbecado para llevar a cabo un estudio fotográfico del lago de Chapala, y a Juliepara hacer una investigación sobre las figuraciones fetichistas en la prácticadel kitsch en México.

“¡Quécosas, qué juventud!”, diría el doctor al respecto, un par de días después,mientras se limpiaba las ingles de todas nuestras secreciones con una toallita.

Hoy,mientras miro las fotografías y pienso en todo eso, lo que más recuerdo son losolores del doctor, de Michoacán, de ese viaje. Del paisaje, recuerdo sobre todolos colores, todos muy pardos pero abrillantados por ese sol mexicano tanimposible, algunas veces tan insoportable, y las imágenes de nosotras dos, Juliey yo, reflejadas en el retrovisor, viéndonos a través de los lentes oscuros ygruesos comprados en el mercado de Tzin Tzun Tzan.

No se meolvida tampoco la música de la Tropicalísima Radio Cañón, ni la de todas esasestaciones de AM que en sus secciones de “Saludos a la sierra”, engarzaban unafrontera con un mundo lejano, desusado y ajeno al que nunca cruzaríamos y queen la pubertad intelectual de los veintitantos nos parecía muy maravilloso,único y exótico. Los del lugar le decían Tierra caliente, pero para nosotrasera simplemente México.

¡Esto es México, qué bonito! ¡Viva Méxicocabrones! Gritaba Julie todo el tiempo.

A Chapalahabíamos llegado desde Morelia, y a Morelia desde Dolores, y a Dolores desdeQuerétaro. Y antes habíamos estado en San Luis, Aguascalientes, el DF,Monterrey, San Antonio (que eso ya es Texas, pero para alguien como Julie, yaera México. Vámonos por unas margaritas y nachos y mole, qué bonito.) Y detodos esos lugares Julie tomó fotografías y las iba guardando en cajas dezapatos, en el asiento de atrás. Mis ojos, rojos en todas las fotos, dejaron deser graciosos al poco tiempo.

En unaserie de esas fotografías de mi mirada bermeja, Julie asegura ver a la moscaintroducirse en mi oreja. Yo no he querido verlas por el puro miedo a recordarel dolor.

[Segundorollo]

Julie siempre fue tan linda comoahora, tenía el encanto camaléonico de las modelos famosas. La amaba toda, perosobre todo su par de piernas largas, pulcras, de muslos severos

Enlas fotos de Morelia, por ejemplo, se parecía a Ali MacGraw en el comercial antiguode la Polaroid. Con su camisita a rayas, en bragas también, cruzaba lahabitación blanca en la que nos hospedábamos, saltaba a las camas y se echabaen el sofá. Llevaba, por supuesto, su cámara instantánea en la mano y, sobretodo por su parecido con Ali MacGraw, por un momento me pareció que ella y yoestábamos en la playa rodeados de gente sonriendo, bailando, jugando voleibol. Hey! Meet the Swinger, Polaroid Swinger...It’s only nineteen dollars and ninetyfive. Quéincreíble es lo instantáneo. En cuestión de segundos nos revelábamos en elcarrete Julie y yo; Julie, yo y otras personas que hoy no están aquí. Porejemplo, el doctor.

(Video) LAGO DE CHAPALA, JALISCO, Fotos

Míranos: todos sonreíamos.

Éramos felices.

Swing itup (yeah, yeah), it says yes (yeah, yeah), take the shot (yeah, yeah), cut itdown (yeah, yeah) zip it off!

Capturadaspara siempre, prisioneras del recuerdo que montábamos, Julie insistió siempreen las fotos de cuerpo entero. Intentaba que cupiéramos enteras y para siempre,inmensas como el lago que visitaríamos, en la serie de fotografías tomadas contécnica y materiales arcaicos para su exposición en el museo del RISD.

“Noentiendo porqué usan tecnología tan anticuada”, nos dijo el doctor la nochedespués de montarnos sobre la mesa sucia de una fonda, mientras acariciabanuestras piernas desnudas, buscándonos los clítoris cansados.

“Ese esel encanto”, respondió Julie, “que nuestros padres las usaron”.

“¿Suspadres? No lo creo. Quizá sus abuelos”, le contestó distante mientras observabael hilito de baba que me corría entre la comisura de los labios.

En las fotografías morelianas, salgo,como siempre, con los ojos rojos y un eterno cigarrillo en la mano. Fumábamostodo el tiempo. Qué barato era el tabaco en México. Qué fácil era fumar.

Julie erafeliz. Se veía feliz. Sonreía todo el tiempo. Me besaba apasionadamente. Meamaba. Por eso estaba ahí, conmigo, sosteniendo el mapa, siguiendo la carreteracon el mismo dedo índice que me metí juguetona y luego chupaba con lascivia.

Legustaba lo que iba descubriendo, expectante de ver finalmente el mentado lago deChapala. Quería llevarse el lago entero, me dijo; pero todo: los pueblos que locostean, sus pescadores, sus dos islas, todo, todo debía caber en sus instantáneas.

En algúnmomento me pidió parar. “Quiero un café”, me explicó, “aunque el café en Méxicoes siempre poco y nunca pueden prepararme mi capuchino de jengibre orgánico ydescremado, pero con mucha espuma”. En la mesa de una cafetería, Julie ordenó tambiénchilaquiles para las dos. Yo desconfiaba y ella me miró con ojos de gata, deadolescente en celo.

“¿Qué? ¿Noquieres?”, preguntó coqueta.

“Yes sir!I can boogie, boogie, boogie”, le respondí cantando.

Julietranspiraba tanta alegría como sensualidad. Me contagiaba. Ella siempre cantaba,y desde entonces siempre canto yo. De ese momento es esta otra fotografía. Snap. Aparezco distraída, sumergida enla taza humeante, negra, pavorosa.

“Es caféde Uruapan”, le dije.

“Quéclase de cosas inútiles vamos aprendiendo”.

A partirde aquí las fotos son una cronología del terror. A mitad de un sorbo al café, sentíel revoloteo adentro de mi oído.

Grité.

(Video) Cartografía del lago de Chapala

Tiré lataza.

Juliesólo atinó a tomar fotografías, mientras yo saltaba aterrorizada. Reía a carcajadassosteniendo su cámara. Mira bien mis estúpidos ojos rojos, ahí se refleja: algocaminaba dentro de mi oído, arrastraba sus patas peludas, se lamía, se cobijabaen mi tímpano. Escuchaba su respiración mínima. Escuchaba sus pasos –que eranlos pasos más fuertes que he escuchado en mi vida. Era una mosca: retumbabatoda ella en mi interior y en su estruendo yo sentía ser el vientre de laprehistoria.

[Tercerrollo]

No importaba que la Polaroid deJulie lanzara ráfagas previas al flash cuando tomaba una fotografía en un lugarcerrado. No importaba porque de todas formas siempre salía con los ojos rojos.El reflejo del flash en la retina de mis pupilas dilatadas, evidenciaba lasangre que me llenaba los globos de los ojos.

“Te vas acansar editando todas estas fotos donde salgo con los ojos rojos, no vas apoder borrar mis ojos de conejo”.

“No voy aeditar nada. No voy a alterar el tiempo detenido”.

“Haytécnicas, ¿sabes?”

“Si tantote molesta salir así, podrías probar algo”, me dijo rezongona. “Por ejemplo,mira hacia otro lado cuando tome las fotos, como si estuvieras distraída”.

“Mira,además de que me voy a ver como idiota, ya sabemos que pose como pose, mire adonde mire, siempre voy a salir con los ojos rojos”.

“Será porqueeres el mismo demonio”, respondió juguetona, buscando mi sonrisa cómplice.

Pero yoya estaba lejos, aturdida por el dolor en mi oreja.

A punto de llegar a Chapala, nosdetuvimos en un pueblo a buscar una clínica o un consultorio; antes, sinembargo, nos compramos helados de limón y de cajeta. Hacía mucho calor. Recuerdola sensación pegosteosa en mis manos. En la foto la entiendo como la huella delcalor que venció mi espera. Sí, suena muy bonito… son exactamente las palabrasque me dijo el doctor al pedirme que me limpiara muy bien antes de pasar aexaminarme.

Me gustómucho. Era joven, atento y me curó, y por eso besé a Julie en la boca paracompensarlo. Mientras lamía los pezones de mi amiga, le agradecía que ahora enalcohol a la mosca intrusa en mi oreja.

Tener aldoctor este entre las piernas, me ayudó poco a poco a dejar de pensar en las fotografíasen las que salía con los ojos rojos. También olvidé, momentáneamente, a lamosca. Después se ofreció a acompañarnos.

“Este esel lago”, nos dijo a Julie y a mí mientras me sacudía una teta. “Vamos por unacerveza, yo invito”.

“UnaCorona con limón”, le respondí con nostalgia por los casi cuarenta minutos deplacer que nos había dado.

“Y unatorta o algo que tengo hambre”, gritó Julie, acomodando el carrete en suPolaroid Swinger.

“¿Por quéaquí tampoco le atoran un pedazo de limón a la boca de la botella?”

(Video) MAPA DEL LAGO DE CHAPALA

“Creo quees cosa de gringas como ustedes, pero ahorita se lo pongo”.

Aunquellevábamos días ininterrumpidos de carretera, al ver ese hermoso lago en otrascircunstancias, la felicidad me habría ocupado por asalto y así también,víctima del furor, habría dejado la cerveza en la mesa y hubiera ido a estirarlas piernas, correr un poco y encender un cigarrillo que se consumiría en losprimeros cinco minutos de paisaje. Pero no. No tenía ganas de estar allí en ellago todavía. Quería consumirme en mis propias cavilaciones, encontrar una ideabuena, sobresaliente, algo que poder escribir en mi diario para luego, cuandoaquél viaje hubiera terminado, sentir que había hecho algo productivo y que nohabía dedicado mi verano completo al regocijo inútil de las desocupadas. Necesitabasentir que nuestro viaje era un descubrimiento, y no mero turismo. Que éramosdistintas al resto de gringas que se dedican al Spring break, por ejemplo. Éramos,ante todo, estudiantes de élite, feministas demócratas de la Ivy Leagueestudiando Modern Culture and Media,y viajando con fondos del Centro de estudios latinoamericanos para escribirnuestra tesis.

“Piensasmucho”, me dijo el doctor.

“¿No teparezco impulsiva?”

“Solo enla cama”.

Julieazotó la cerveza contra la mesa y gritó algo antes de correr hacia otra fondaque anunciaba Pescado Sarandeado 75 pesos“Incluye cerveza”.

“¿Cuál esla regla en México para el uso del entrecomillado?”, pregunté retóricamente.

“Ninguna”,dijo el doctor.

“Nonecesitaba una respuesta”, suspiré sin decirle, porque no lo sabía entonces, que en esa época era una petulante queintentaba una relación socrática, o cuando menos vulgarmente dialéctica,conmigo misma. Así fue mi juventud llena de preguntas y vacía de respuestas.

Dejamosel local para ir a buscar a Julie. Me estiré y sí, encendí un cigarrillo paramirar el paisaje. Cinco minutos sin Julie eran suficientes para calmarme ydesperezarme.

El lagoera inmenso, pero no increíble, en Estados Unidos los tenemos mejores, siempremás grandes, rodeados de una costa siempre más verde y obedientes de unainfraestructura siempre mejor y más óptima. En Michigan no permitirían aquelbasural, por ejemplo.

[Cuartorollo]

Recuerdo que hubo en aquellaconversación algo muy vibrante y sutil, pero las palabras dichas y losdescubrimientos intelectuales al vapor de los tacos de pescado y las cervezasPacífico se me han ido para siempre. Mira como en medio de la mesa había una fuentellena de verduras frescas y un molcajete con salsa borracha. “Las cosas queaprende una”, diría Julie. Acá los platos cubiertos de tacos grasosos,deliciosos, escurriendo limón. En esta, las dos muy coquetas, sonámbulas de lasmanos del doctor. De nuevo, aquí yo soy la de los ojos rojos y la oreja roja,también, inflamada, infectada o algoasí.

Despuésde comer, Julie se fue rumbo al lago. Yo estaba cansada y quería beber más.Invité al doctor. Fuimos a la primera fonda y bebíamos mientras platicábamoscon una doña Estela, o algo así, queechaba las tortillas con sabiduría ancestral. Julie después, más noche, tomóesta foto de la fonda con sus manteles de plástico impresos en flores y suscuadros de la última cena en colores chillantes. Si publicamos la tesis, pensamos,esta foto podría ser la portada.

Al pocorato, cuando ya no quedaba nada, Julie y yo cogimos sobre ese mantel horribleante los ojos del doctor que, nuevamente, no tardó en unírsenos. Todavía hoyrecuerdo la sensación de los dos cuerpos sobre y bajo el mío; las manos, todoslos sudores y en el éxtasis los flashazos de la noche anterior: Julie llorando,preocupada a un lado de mi cama en la clínica esperando al doctor.

“Estoybien… fue un mareo, perdí el equilibrio”.

“Ya vieneel doctor”.

“Dóndeestamos”.

(Video) ASÍ ES CHAPALA JALISCO | JOCOTEPEC | CESARE 182

“En unpueblo llamado Ajiji, o algo así… aquí nos trajeron porque viven casi purosamericanos”.

“Qué mepasó”.

“Creo quetienes una mosca en la oreja”.

Y sí. Sentíasu revolotear, escuchaba el parpadeo de sus 18,000 ojos. Sentía cada uno de sushuevecillos alojarse en el laberinto óseo que antes alojó las palabras amorosasde Julie, el sonido del flash.

“El lagono va a caber en las fotografías, por supuesto”.

“No teentiendo”.

“Creo queno tengo suficientes rollos”.

“¿Enserio?”

“Hegastado demasiados en ti”.

Es médico era guapo y hablabamucho. Apenas me vio tirada en la cama, me dijo muchas cosas inútiles, cosasque no entendía. Supongo que a eso los acostumbramos los americanos. “Los norteamericanos”, me obligó adecir. Me habló del órgano de Corti, porejemplo, y sus células ciliadas internas, las 4,000, y las 13,000 externas.Después inclinó mi cabeza y se dispuso a curarme: el chorro de agua calientesacó también grasa, pus, sangre y tierra. La mosca se quedó acunada en mi orejay el doctor, feliz, me la mostró entre sus pinzas. Era gorda, grande, peluda yverdosa.

“Sellaman panteoneras”, sonrió.

“Qué feonombre”.

“Sí. Comeránmuerto o gato de panteón”, dijo sonriendo, acariciándome las mejillas.

Después,mientras me lamía, Julie sacó una foto donde no salgo con los ojos rojos porquelos tengo cerrados.


FIN

Fotografías del lago de Chapala (1)

Joserra Ortiz (San Luis Potosí,1981). Doctor en estudios hispánicos por Brown University, actualmente esprofesor de tiempo completo y jefe editorial en la Facultad de CienciasSociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Apareceen media docena de antologías de relato y ha publicado el libro de relatos Los días con Mona (FETA 2012); el deensayos El complot anticanónico (FETA2015); y la novela La conquista del Montede Venus (Abismos 2017).

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Author: Gov. Deandrea McKenzie

Last Updated: 26/05/2023

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